Ahora estaba vacía, pero hubo una época de esplendor donde la salita estaba repleta de hijos y nietos, y el brasero encendido; y el aroma era una mezcla de sillones viejos y ceniza.
Nunca en Navidad, pero siempre en invierno, cuando mi pueblecito no podía mostrar su arrebatador encanto, temía el viaje sólo por pensar que llegaría la noche. La costumbre atrofia el sentido, en la gran ciudad las madrugadas tienen luz y ruido. No allí. La noche era muda y ciega. Totalmente ciega.
La densa oscuridad pesaba en los ojos, casi tanto como la montaña de mantas que protegían del frío. Pero entre la espesura de las tinieblas, descubrió mi niña pequeña un único punto de luz, tabla de salvamento para conciliar el sueño. Una gotita, reflejo de algún reflejo, cómplice para hacerme más sencillo aquél trance.
Justo sobre un viejo armario de nogal que otros utensilios más modernos habían relegado al desuso; a escasos centímetros de su cerradura con su llave de latón, donde clavaba los ojos hasta dejar la imaginación hacer el resto, se posaba tranquilamente esperando a que la encontrara.

"Ven conmigo..."
Parecía susurrar mi compinche.
Y en un instante la niña atravesaba y descubría el otro lado, el de los mundos profundos, tenía que ser rápida, al llegar la primera luz de la mañana tendría que haber vuelto a la cama sin mostrar indicios de mi descubrimiento, aquel lugar era mío.
Aprendí a soñar allí. Entre aroma de maderas... junto a calles de piedra tras cegadoras contraventanas... y ese vientecito frío del suelo de loza en mis pies descalzos...
Imposible olvidarlo. Inevitable agradecerlo a la vida.

