En mi cabeza encuentro un lugar, un risco elevado, frente a él, nada, solo el mar, estoy desnuda, fijando la vista en un punto impreciso donde probablemente el barco deje de verse, despidiéndome de la niña de 5-7 años a la que previamente le susurré "difrútalos".
Y mientras veo el barco desaparecer, envío besos llenos de un amor inmenso, puro, de los que asustan, de los que harían cambiarse de bando a los más malvados, de los que hacen sentirse afortunados a los destinatarios. No va dirigido solo a mi niña, sino a todo el barco.
Y para que no me oigan, espero que se haya marchado, que no quede ni el rastro de una de las velas, que Homer ha pintado con ternura y cuidado, tras la fina línea azul de la marea… Y grito, y suelto… Hasta quedarme sin aire y desinflarme. Hasta que viene alguien a arroparme y llevarme de allí… A otro lugar donde haya asumido que tengo que despedirme de lo más hermoso que he tenido nunca.
Hasta entonces, hasta que llegue allí, no estoy para nadie. Solo para mí. Me lo merezco.